martes, 12 de mayo de 2015

Ian se había sentido mal todo el camino por estar en la calle solo, sin ella, esperaba sentir alivo al llegar a algún lugar seguro como la casa de su amigo, pero al comprobar que Ann lo esperaba ahí simplemente no pudo más, perdió el control, un vértigo repentino le hizo perder el equilibrio, el miedo se apoderó de él, sintió la descarga fría de adrenalina recorrer su cuerpo de arriba a abajo, tuvo que recargarse de la pared para poder atinar al timbre, las manos le sudaban y temblaban, logró finalmente llamar a la puerta, no tardaron mucho en abrir pero ese tiempo para él fue una eternidad, pensamientos angustiantes invadían su mente mientras tratata de ignorar la presencia de Ann, trataba de disimular para que sus amigos no lo vieran en ese estado tan....deplorable.

"No está aquí, no esta pasando esto... voy a perder el control, voy a desmayarme, tengo miedo, debo salir corriendo de aquí" se repetía una y otra vez, la sensación iba en aumento y la ansiedad era cada vez mayor.

No pudo más, se disculpó como pudo en cuanto le abrieron la puerta y salió corriendo de vuelta a su casa, su respiración era cada vez más agitada, escucharla y sentir el ritmo acelerado de su corazón solo lo alteraba más, no miraba atrás, pero sabía que Ann iba corriendo muy cerca de él, podía sentirla.

Después de ese día las cosas solo podían empeorar para Ian, decidió no salir más de su casa, ni para ir a la escuela ni para ver a sus amigos, tenía miedo de toparse con Ann y que lo encontrara solo, en la calle, indefenso y que nadie lo ayudara. Solamente salía en caso de que no tuviera otra opción y si iba acompañado de alguien, alguien que podía ser su madre, porque en lo que respecta a su padre y hermanos, no lo ayudarían jamás si le sucediera algo así como el episodio en casa de su amigo, pero su madre era diferente, ella lo atendería con amor maternal y lo protegería.

Una tarde, encerrado en su cuarto, el cual era para Ian el lugar más seguro del mundo, escribió otra carta para Ann.

Ann:

No se por donde empezar esta carta, quiero decirte que estas acabando conmigo, con mi vida, con mi felicidad y ya no lo soporto más, siento que me asfixias, tengo miedo de encontrarte y cuando no estas cerca de mi no puedo pensar en otra cosa, todo me recuerda a ti. Estoy empezando a enfermarme, creo que necesito ayuda, tal vez un doctor o un psicólogo me ayude, no lo se, y es que no sé que es lo que siento cuando estas cerca y tampoco sé lo que siento cuando no estás, todo es tan confuso, tan pesado, tan....agobiante. ¿Por qué no lo entiendes? ¿por qué no me dejas en paz y vas a molestar a otro? ¿qué hice para que me eligieras a mi?.

Debes estar muy orgullosa del poder que tienes sobre mi, de todo lo que has logrado, ahora ya no soy yo mismo, todo que hago o dejo de hacer gira en torno a lo que tu quieres, a lo que te molesta más o a lo que te disgusta menos. He llegado a pensar que la que necesita una buena terapia eres tu, si tu, que ni siquiera te pones a pensar en el mal que me has hecho y no te importa, sigues apareciendo en mi casa día y noche, incluso de madrugada ¿por dónde te metes?, me despiertas mientras duermo, me interrumpes mientras como, mientras descanso, mientras hago lo que sea.... ¡Basta, lárgate de mi vida, te odio, te odio!

La letra de Ian se iba desfigurando cada vez más hasta volverse casi incomprensible, presionaba la pluma con ansiedad remarcando los signos de puntuación, sentía que descargaba toda su ira sobre el papel y al final, algunas palabras se habían borrado por las lágrimas que caían de sus  mejillas.

Estaba decidido, al siguiente día sin esperar uno más, tomaría una resolución para dar fin a esta enferma relación, lo que no sabía es que esto apenas comenzaba.

 
Esta es la tercera entrega de una obra acerca de un joven y su simbiótica y obsesiva relación con su extraña ¿amiga?, ¿compañera?, ¿pareja? Ann. 
¡No se pierdan las siguientes partes de esta historia que iré publicando en este blog!
 


lunes, 11 de mayo de 2015

Cartas para Ann 2

Cuando Ian llegó a la escuela estaba realmente enojado, sentía un coraje por dentro que le quemaba como fuego y es que su relación con Ann ya no podía seguir, estaba martirizándolo todo el día, por culpa de ella había dejado de jugar futbol aún cuando era el mejor del equipo, simplemente ella era tan absorbente que no lo dejaba ir a los entrenamientos, le llenaba la cabeza de ideas locas, de miedos y todo para manejarlo y chantajearlo a su antojo. 

También había dejado de salir con sus amigos y sentía que si alguna chica se acercaba a él Ann inmediatamente la podría en su lugar y la haría huir. 

Cada vez lo dominaba más, lo seducía más y hacía que la necesitara más, era una relación realmente enferma, Ian lo sabía, no quería saber más de ella nunca, recordaba con melancolía el tiempo en que era libre y podía ir y venir, ser y no ser a su antojo, ahora estaba en todo momento acompañado por ella, sumiso a sus caprichos, esto lo molestaba terriblemente, pero tampoco sabía como alejarla, no quería hacerla enojar, en el fondo le tenía miedo.

Así es, la mente de Ian era una mezcla de miedo con enojo, tristeza y melancolía e incluso envídia de todos los que podían ser felices y vivir su vida a su antojo sin tener que cargar con una Ann a todos lados. 

Esa tarde, cuando regresó de clases sus padres lo esperaban para hablar con él.
-Ian, estamos preocupados, todos en la casa sentimos que estas un poco.... un poco distante de nosotros, ya no sonries, tienes esa expresión rara en la cara que no te conocíamos, ¿qué te está sucediendo? - comenzó su madre
- Nada - respondió Ian con todo cortante
- ¡No digas que nada!,¡algo te pasa y nos lo vas a contar ahora mismo o si no lo averiguaremos como sea, ¿oiste? como sea! - gritó su padre golpeando con el puño la mesa del comedor que sonó como un auténtico terremoto en los oídos de Ian, lo sobresaltó y si, como siempre lo hacía su padre, lo atemorizó.

Y es que el padre de Ian siempre había sido muy explosivo, dominante, no quería oír explicaciones ni excusas de nada ni nadie, solo quería resultados positivos en todo y los quería para ¡ya!. Sus explosiones marcaron de manera profunda la personalidad de Ian, vivía con temor, le guardaba un respeto excesivo y había aprendido que hacer equipo con sus hermanos y su madre lo mantendría a salvo de las erupciones de ira frecuentes que terminaban en golpes y manotazos por parte de su padre. 

- ¿Qué quieren que les diga? - respondió Ian con impaciencia - si no me pasa nada, no me pasa nada y punto, ¿o prefieren que les invente un cuento para dejarlos tranquilos?
- Solo queremos ayudarte hijo - continuó con delicadeza su madre
- Aquí nadie puede ayudarme mamá - respondió Ian con melancolía dando media vuelta para encerrarse en su  habitación.

¡Que bueno que Ann no presenció no esa discusión! pensó Ian sentado sobre la cama, quien sabe cómo hubiera reaccionado y puede ser muy violenta, si se siente amenazada es capaz de muchas cosas. Y aunque la plática con sus padres no surtió el efecto que ellos hubieran esperado, algo se movió dentro de Ian, se dió cuenta de que no podía seguir, necesitaba liberarse de Ann y mientras más pronto sería mejor, así que ideó hacer todo aquello que a ella le molestaba para ver si la ahuyentaba, arriesgándose a que se enojara y lo esclavizara más, pero era un riesgo que estaba dispuesto a correr.

Esa misma tarde quedó de acuerdo con sus amigos para ir a jugar videojuegos a casa de uno de ellos, eso sí que le molestaría a Ann y le haría ver que no la necesita, que tiene su propia vida,  esperaba que ella se diera cuenta y le diera un poco de espacio para variar, cada vez más sentía que no lo dejaba respirar y cuando pensaba en ella, una opresión en el pecho le recordaba que él no podía estar sin su compañía, sin sus ideas, sin sus temores que ya había adoptados como propios. 

Mientras más se acercaba la hora de salir de casa sin Ann los nervios se iban a poderando de Ian, sentía una leve taquicardia y le sudaban y temblaban las manos, tenía miedo de toparse con ella, de que le arruinara la noche, pero lo que más le atemorizaba era que sus amigos la vieran y se dieran cuenta de todo lo que puede hacer y el efecto que genera en él. Sentía vergüenza solo de pensarlo.

Con prisa salió de su casa, quería llegar donde su amigo lo más pronto posible, estar el menor tiempo en la calle para no encontrarsela ahí, se sentía mareado, sudaba, piernas y brazos temblaban con intensidad, cuanto más cerca se sentía de casa de su amigo más tranquilo se sentía o mejor dicho, menos tenso y ansioso, pensaba repetidamente: "voy a lograrlo, no pasará nada, voy a lograrlo, ya casi llego" y por otro lado también pensaba: "distraete con otra cosa, ella no existe, no te conoce ni tu a ella, piensa en otra cosa, ¡piensa en otra cosa!"

Y así, con esta montaña rusa de emociones y sentimientos llegó Ian a casa de su amigo, solo para ver que Ann lo esperaba ahí, en la puerta de acceso y no estaba nada feliz de que la hubiera querido dejar fuera de su plan de chicos.


Esta es la segunda entrega de una obra acerca de un joven si su simbiótica y obsesiva relación con su extraña ¿amiga?, ¿compañera?, ¿pareja? Ann. 
¡No se pierdan las siguientes partes de esta historia que iré publicando en este blog!




Querida Ann

Querida Ann:

Te escribo esta carta por que no se de que otra manera acercarme a ti, te siento a cada minuto, me acompañas siempre a donde voy, estas conmigo de día y de noche y aún así te siento ajena a mi, tan lejana, tan distante...

¿Sabes? desde hace tiempo, cuando llegaste a mi vida he querido decirte lo que siento por ti, al principio no me daba cuenta de tu existencia, después, cuando me percaté de que existías comencé a dudar acerca de ti, ¡y es que tienes mil versiones de ti misma!, no sabía como hablar de ti a mi familia y amigos o si debía simplemente mantener una relación en secreto contigo y como sabes, elegí esta última opción, no me mal interpretes, no quiero que te ofendas por que se que cuando te enojas puedes llegar a ser realemente muy fuerte y amenzadora, es solo que no sé cómo hablar a los demás de ti, ¿qué pensarán mis padres y mis hermanos? seguro me mandarán directo al manicomio si saben que tengo una relación tan estrecha con alguien como tu, pero es que te necesito, no puedo dejarte ir y cuando no estas cerca de verdad te extraño, me duele admitirlo pero creo que me he vuelto dependiente de ti.

Te dejo esta carta para que la leas en la noche cuando vuelvas, espero que después de leerla nuestra relación cambie y mejore mucho.

Tu inseparable compañero, Ian. 

Una vez que Ian hubo terminado de escribir la carta la cerró con cuidado y con manos temblorosas y sudorosas la colocó junto a su cama, donde sabía que Ann vendría a buscarlo ya muy entrada la noche para despertarlo.

A la mañana siguiente, cuando Ian abrió los ojos, se percató con sorpresa de que por primera vez en muchos días Ann no había venido a visitarlo en la noche, la carta seguía ahí, cerrada como la había dejado y una extraña sensación de alivio con suspicacia lo invadió derrepente.

Se vistió rapidamente, bajó las escaleras de un inexplicable buen humor y al llegar al último escalón, ella estaba ahí, sintió un leve mareo, su corazón se agitó y las manos volvieron a temblarle como la noche anterior lo hicieran al cerrar la carta, claro, tenía que aparecer tarde o temprano, venía para acompañarlo a la universidad y seguirlo obsesivamente como lo hacía día tras día en todas sus actividades. Ian suspiró con resignación y salió de casa camino a la escuela sin siquiera ver que sus padres estaban en la cocina y le llamaban para platicar con él sobre lo que había estado ocurriendo en las últimas semanas.


 Esta es la primera entrega de una obra acerca de un joven si su simbiótica y obsesiva relación con su extraña ¿amiga?, ¿compañera?, ¿pareja? Ann. 
¡No se pierdan las siguientes partes de esta historia que iré publicando en este blog!